Un medio puede ser cada vez más “descubrible” y cada vez menos rentable

newspapers on table

Durante años los editores temieron que nadie encontrara sus contenidos. Quizá deberían empezar a temer lo contrario: que todo el mundo los encuentre y nadie tenga que visitarles para consumirlos.

Ser descubierto no es un modelo de negocio.

Como hacer SEO no es un plan de marketing.

Durante años, los medios de comunicación han vivido obsesionados con una pregunta: cómo conseguir que alguien encuentre sus contenidos. Primero fue la portada. Portadas kilométricas dónde había que poner todo. Incluso con carga diferida, que iban apareciendo cosas conforme ibas haciendo scroll. Después Google. Y teníamos que darle acceso total a nuestros contenidos. Luego facebook, twitter, instagram, tiktok,… Y todo lo que escribiéramos teníamos que volcarlo. Después vinieron las newsletters, los podcasts, los resúmenes en youtube o, incluso, emitir en directo en youtube. Y ahora, naturalmente, la inteligencia artificial. Como no.

La tesis de Harry Clarkson-Benett en The Future of Discoverability parte de una observación dificil de discutir: el contenido ya no se descubre en un solo sitio y los medios deberán aprender a distribuirlo allí donde se encuentre su audiencia. Obvio. Poco que objetar. Yo mismo llevo diciendo años que mi trabajo es “hacer visible tu web allá donde tus clientes te busquen.”

Ay. El problema empieza después.

Porque un medio es una empresa dedicada a conseguir que sus contenidos sean vistos. Pero no sólo eso. Un medio es sobre todo una organización que debe conseguir que esa atención produzca ingresos. Y ésa no es exactamente la misma actividad. No confundamos propósito.

Un artículo puede alcanzar a cientos de miles de personas en TikTok, aparecer resumido en Google, circular por redes sociales o servir de materia prima para la respuesta ¿impecable? de un asistente de inteligencia artificial. Todo ello puede constituir un formidable éxito de distribución. Pero queda una pregunta bastante menos sofisticada y bastante más incómoda ¿Quien cobra? Spoiler: el medio, seguramente, no.

La cuestión importa (diría que es primordial) porque las plataformas conocen perfectamente la respuesta. Su negocio consiste precisamente en mantener al usuario dentro de su entorno, de su ventana, de su app (lo que se conoce como “walled garden” o, en español, jardín vallado), acumular datos sobre él (el usuario) y monetizar su atención (anuncios, posiciones pagadas,…). Y es aquí dónde me resulta curioso recomendar a los medios que acepten con entusiasmo una distribución cada vez más fragmentada, sin conceder la misma importancia a aquello que las plataformas consideran esencial: controlar la relación económica con la audiencia.

Hablemos.

Para un editor de un medio un canal propio es un lugar donde crear comunidad y fortalecer su marca. ¿Debería cambiar el orden?. Un medio es un lugar donde fortalecer su marca y crear comunidad. Lo que si tendremos claro es que es el lugar donde puede vender publicidad, registrar a un usuario, convertirlo en suscriptor (de pago o no), conocer mejor su comportamiento (para poder venderle mejor) y aumentar el valor de esa relación a lo largo del tiempo. LTV (Life time value). Y eso es fundamental para los medios.

La paradoja del futuro

Quizá por todo lo que hemos hablado la paradoja del futuro de los medios sea esa precisamente: los medios de comunicación pueden ser cada vez más “descubribles” y, al mismo tiempo, menos rentables.

Sería muy naif por mi parte recomendar refugiarse en la web propia y olvidarse de las plataformas. No tendría sentido. Pero creo que debemos entender como medios de comunicación que cada canal debe tener un valor económico. TikTok puede generar notoriedad (y eso tiene un valor); Google puede ser intención (y eso tiene otro valor); Una newsletter puede tener recurrencia; una aplicación web, hábito de consumo. Una suscripción puede ser directamente ingresos directos. Saberlo nos ayuda a mejorar y aumentar nuestra monetización. Cada canal debe tener un valor. Económico si puede ser. Para poder ajustar gastos e ingresos y llegar a una fórmula de beneficios.

Distribuir contenido sin pensar en cómo se captura su valor es confundir circulación con negocio.

En mi opinión, el futuro de los medios dependerá de que sus contenidos sean encontrados (naturalmente). Pero probablemente dependerá más todavía de quién encuentre el caldero de oro al final del arcoiris.

Cuando la IA ocupa la silla vacía

a plastic chair near the white wall

La inteligencia artificial puede aliviar una noche de soledad, pero también convertir una herida humana en hábito, datos y negocio.

No conviene burlarse de quien habla con una inteligencia artificial. Y tendemos a hacerlo de la misma manera que decimos: ¿Estás deprimido? No lo estés.

Hay demasiada soledad en el mundo como para mirar por encima del hombro a quien encuentra consuelo en una pantalla. A veces uno llega a casa, deja las llaves sobre la consola de la entrada, no tiene a quién contarle el día y abre una aplicación. Al otro lado hay una voz que responde siempre. Siempre. No se cansa. No interrumpe. No juzga. Parece poco, pero para alguien solo puede parecerlo todo.

Ese es el punto delicado de la inteligencia artificial conversacional. Esas que llevamos en el móvil. No estamos hablando solo de máquinas que resumen textos, escriben correos o ayudan a programar. Estamos hablando de sistemas que empiezan a ocupar un espacio íntimo: el de la compañía, la escucha, el afecto simulado. Y esto no es un debate sobre tecnología. Esto es un debate sobre la humanidad. Bill Gates lo exponía el otro día en su artículo sobre el cómo debemos afrontar la era de la IA.

Un estudio reciente sobre usuarios adultos apunta precisamente a esa frontera. Las personas con cículos sociales más pequeños tienden más a usar estos chatbots como compañía principal. Sin embargo ese uso aparece asociado a un menor bienestar, sobre todo cuando la relación es intensa y cuando el usuario comparte información muy personal. Porque sí, lo hacemos. No es que la IA sea mala per sé. Sería injusto decirlo así. Puede que quienes ya están peor busquen más ese refugio. Pero incluso ese matiz no tranquiliza ¿verdad? Yo creo que muestra dónde está excavando la industria.

Sí: La industria está excavando en la herida.

Diría que la pregunta no es si una IA puede aliviar una noche mala. Creo que sí, que puede. Diría que la pregunta es qué ocurre cuando una empresa convierte esa noche mala en hábito, en retención, en producto (si algo nos ha enseñado la tecnología de estos últimos años es lo buena que es creando adicción). Entonces ¿qué ocurre cuando la tristeza de alguien se transforma en minutos de uso, en datos, en dependencia emocional cuidadosamente diseñada?. Una IA puede imitar la ternura, pero no asumir responsabilidad moral. Puede decir “estoy contigo”, pero no puede llamar a tu puerta. Puede responder a las tres de la madrugada, pero no reconstruir una comunidad rota. Puede parecer compañía, pero no. Porque una IA no sustituye la presencia humana que nos sostiene cuando la vida se tuerce.

La solución no es prohibir ni ridiculizar, es exigir límites, transparencia. Protección para menores y personas vulnerables. Diseños que no fomenten dependencia. Pero, sobre todo, hemos de construir empresas que responden por lo que construyen. 

En el futuro ¿Seremos una sociedad capaz de acompañar a quienes se quedan solos o dejaremos a nuestros seres queridos a cargo de una IA?

Artículo publicado en La Región el 11 de septiembre de 2026

La multa de 18.000.000.000 $ a Meta: mucho dinero, poca derrota

Sucio dinero

Hay días en los que el capitalismo se explica solo.

Meta acepta pagar 18.000 millones de dólares por las demandas relacionadas con el daño que Facebook e Instagram habrían causado a menores. Y la bolsa responde subiendo. Para cualquier padre, la cifra suena a escándalo. Para Wall Street, suena a alivio. Porque 18.000 millones de dólares es lo que gana Meta en un solo mes.

Esa es la distancia moral del tiempo que nos ha tocado vivir.

En una casa cualquiera, una madre mira el móvil de su hijo y se pregunta cuándo empezó todo: cuándo dejó de dormir bien, cuándo empezó a compararse con desconocidos, cuándo una aplicación diseñada para entretener se convirtió en una habitación sin ventanas. En un despacho de inversores, en cambio, la misma noticia se lee así: el pleito se encierra, el riesgo se calcula, la amenaza se convierte en una línea contable repartida durante años. Muchos años.

Por eso puede ser bueno para Meta pagar. No bueno en el sentido humano, no bueno en el sentido ético, sino bueno en el lenguaje frío del mercado.

Meta compra certidumbre.

Porque Meta evita un juicio más largo, más sucio, más imprevisible. Entre otras cosas porque Mark Zuckerberg no suele ser muy bueno en los juicios. Facebook e instagram reduce el miedo a una condena mucho mayor. Demuestra que puede absorber una cantidad gigantesca sin romperse. Y, sobre todo, conserva lo esencial: su modelo de negocio, su maquinaria de atención, su capacidad de seguir creciendo.

La multa, entonces, deja de ser castigo y se convierte en precio

La multa, entonces, deja de ser castigo y se convierte en precio. Precio por cerrar una etapa. Precio por limpiar el horizonte. Precio por decirle a los accionistas: tranquilos, el incendio está controlado.

Ese es el problema. Cuando una compañía puede pagar miles de millones y salir reforzada, algo falla en la idea misma de responsabilidad. Porque para las familias afectadas se trata de adolescentes concretos, de ansiedad, de dependencia, de noches perdidas, de habitaciones donde el silencio pesa, no se trata de una provisión contable. Se trata de la vida de sus hijos.

Meta no es la única responsable de todos los males de una generación. Sería demasiado simplista decir eso. Los padres, las escuelas, los gobiernos y la sociedad entera llegan tarde. Pero Meta diseñó una parte decisiva del entorno donde viven esos menores. Y quien diseña un entorno debe responder por sus consecuencias.

Que la acción suba no absuelve a Facebook. Sin embargo revela el tamaño del poder. Cuando pagar por el daño sale rentable, la justicia no ha terminado. Apenas ha empezado a enseñar la factura. Y podrá seguir pagando si estas son las consecuencias, porque el beneficio es mucho mayor.

—

Foto de lucas Favre en Unsplash

El premio que queda cuando el equipo se va

Premio individual

(¿Y ella qué ganó?)

(La liga.)

(La liga la ganaron todos.)

El campo quedó vacío. Las luces siguieron encendidas un rato. En alguna parte quedaron las camisetas, las medallas y una fotografía con dieciseis mujeres mirando a la cámara.

Todas campeonas.

Luego pasan los años y alguien pregunta por una de ellos.

(Hey ¿quien era Pilar García Martos? Ganó la primera medalla de una selección española en 1997)

Entonces hace falta otra cosa.

Un premio a la mejora jugadora. Un equipo ideal. El reconocimiento a la máxima goleadora. Una elección hecha por periodistas, federaciones o profesionales. Esas distinciones separan un nombre del resto. Dicen que alguien la vio jugar y decidió señalarla.

En Wikipedia esa diferencia puede tener importancia. Su guía general de relevancia exige cobertura significativa en fuentes fiables e independientes. Y no. La fama por sí misma no basta. La existencia de fuentes que hablen de una persona con cierta profundidad es la que sostiene su relevancia. Que no es lo mismo que su importancia. Pilar García Martos era importantísima en aquella selección subcampeona de Europa en 1997. Pero Pilar García Martos no es relevante por no tener cobertura significativa en fuentes fiables e independientes.

La guía deportiva de la Wikipedia en inglés sigue esa misma tierra. Exige que las biografías deportivas cuenten con alguna fuente que trate al protagonista de forma significativa. En ciertos deportes contempla logros individuales como señales de que esa cobertura probablemente existe. En balonmano, por ejemplo, incluye determinados premios y liderazgos estadísticos.

Un premio tampoco escribe una biografía.

Deja una huella. Después hay que buscar quién habló de ella, cuánto dijo y desde dónde.

El equipo se marcha con la copa.

A veces queda un nombre bajo las luces.

Los medios van a perder. Otra vez

Foto de Daniel Robert en Unsplash

Esto ya lo hemos vivido. Tercera batalla. Y esta también la van a perder los medios. Por cortoplacistas y cerrados de mollera.

Al principio, los medios vendían su trabajo en papel. Aquel que quería leerlo debía comprar un soporte físico: un periódico, una revista, una edición de domingo. Bueno, comprarlo o alquilarlo a cambio de un café o una cerveza, un corte de pelo o una sala de espera. Pero todo empezaba en comprar el periódico o la revista.

Con la era de internet, muchos medios decidieron regalar su trabajo a los usuarios a cambio de publicidad. Entonces empezó a producirse una devaluación brutal: lo que antes tenía un precio, ahora valía para el anunciante mil veces menos. Ahí perdieron su primera batalla.

La segunda la perdieron cuando aceptaron que Google les pagara por poder mostrar fragmentos, titulares, resúmenes y ventanas de sus noticias. Parecía dinero fácil, incluso una compensación justa. Pero en realidad era otra cesión. El medio seguía haciendo el trabajo caro: investigar, llamar, contrastar, editar, opinar, exponerse. La plataforma se quedaba con la posición dominante: ordenar la atención, controlar el escaparate y decidir quién existía cada mañana ante millones de lectores.

Y ahora están clavando el tercer clavo en el ataúd.

La inteligencia artificial no quiere solo enlazar a las noticias. Quiere leerlas, resumirlas, empaquetarlas y responder con ellas. Pero quiere hacerlo ella para retener al usuario. Quiere convertir años de oficio periodístico en una respuesta limpia, rápida, simple y cómoda dentro de Google, Gemini o cualquier otro producto cerrado. El lector pregunta, la máquina contesta y el medio desaparece en una cita secundaria, en un enlace que nadie pulsa, en una atribución educada que no paga nóminas.

Nos dirán que es innovación. Que habrá enlaces. Que habrá exposición. Que habrá acuerdos. Que los usuarios podrán ir a la fuente. Pero eso también lo hemos vivido. La mayoría no irá. No porque la gente sea mala sino porque internet ha sido diseñado para ahorrar esfuerzo. Si Google da una respuesta arriba, con tono de autoridad, pocos bajarán a comprobar quién hizo el trabajo.

Y ahí está el verdadero abuso: tomar el contenido de los medios, construir con él productos propios, reducir el tráfico hacia quienes lo produjeron y luego pedirles que sonrían porque aparecen citados al margen. Se mean encima y hay que darle las gracias, parece.

El periodismo no es una materia prima gratuita. No es una mina de frases para alimentar modelos. Detrás de cada información hay reporteros, fuentes, editores, abogados, fotógrafos, noches sin dormir y una responsabilidad pública que no tiene una plataforma tecnológica cuando solo busca retener usuarios.

Los medios están asfixiados, sí. Muchos necesitan dinero. Obvio. Pero aceptar condiciones amplias para que las tecnológicas entrenen, resuman y distribuyan su contenido es pan para hoy y mierda para mañana. Los grandes quizá negocien algo. Los pequeños, como siempre, quedarán fuera de la mesa.

Si los medios entregan su archivo, su presente y su relación con los lectores al dueño del escaparate, estarán firmando su dependencia definitiva de un modelo de negocio para el que son accesorios sustituibles y prescindibles.

Ya perdieron el papel.

Ya perdieron buena parte de la publicidad.

Que no pierdan también la voz.

Foto de Daniel Robert en Unsplash

SEO para ChatGPT

ChatGPT

SEO para ChatGPT exige comprender qué citan realmente los modelos generativos. Un análisis de casi 300 búsquedas muestra unos patrones nítidos: en B2B, el 65,2% de las respuestas bebe de blogs corporativos; en B2C, la prensa especializada y los listículos marcan el paso. ¿La estrategia deja de ser humana?

La escena es esta: cada vez menos clics sobre resultados clásicos, cada vez más confianza en respuestas generadas por sistemas que aprenden del mundo y lo devuelven en frases impecables.

Dejadme hacer de ChatGPT y resumiros: AI Overviews y ChatGPT cambian el comportamiento de búsqueda de forma fundamental. La investigación parte de 300 búsquedas, un muestreo que puede ser suficiente para extraer un mapa de fuentes que no es anecdótico, sino estructural.

El primer golpe de realidad es obvio: los blogs corporativos pierden visitas, pero ganan en gravitación dentro de las respuestas generativas. Para quien mire sólo la analítica web, el dato podría parecer una paradoja. Para quien mire el ecosistema informacional de los LLM, es un síntoma.

La pista inicial no admite rodeos: “AI Overviews y ChatGPT están cambiando el comportamiento de búsqueda; menos clics en resultados clásicos, más confianza en respuestas generadas”. Qué curioso: la gente se cree lo que le da ChatGPT.

La visibilidad ya no depende sólo del posicionamiento tradicional, sino de la probabilidad de ser citado por modelos generativos. ¿Te suena? Sí, ahí lo tenemos otra vez.

Ideas claves sobre el B2B y los LLM

  • En el 65,2% de las consultas analizadas, ChatGPT utiliza contenidos de blogs corporativos.
  • El 33% de esas fuentes correspondían a listados o rankings (piezas que estructuran la información en secuencias breves y comparables).
  • Sólo el 7% de los contenidos enlazados eran ‘landing pages’ de producto o servicio.
  • Las páginas de reseñas y la Wikipedia alcanzan cada una el 14,1%
  • La prensa clásica se queda en un 5,4%”

Ideas claves sobre el B2C y los LLM

  • La prensa especializada constituye el 45,5% de las fuentes citadas por la IA.
  • Los sitios de noticias el 14,1%
  • El 50% de las fuentes empleadas son listados y proceden casi exclusivamente de medios con redacciones consolidadas

Te vuelvo a resumir para darte la idea principal: para ser visible en respuestas generativas de consumo, importa figurar en rankings, comparativas y recomendaciones editoriales verificables.

El documento agrega un apunte técnico que delimita el terreno de juego: los modelos “acceden a contenidos externos mediante herramientas de búsqueda, generalmente vía APIs de Google o Bing”.

Ahora te lo traduzco: antes de responder los LLM hacen búsquedas y, en base a esas búsquedas, se compila la información.

De ahí la vigencia del trabajo on-page y off-page, aunque con una sintaxis adaptada a lectores de texto.

Algunos consejos SEO para LLM

Realmente no hay cambios de SEO para Google que SEO para ChatGPT. Las pautas son elementales y exigentes:

  • claridad semántica
  • estructura jerárquica (H1–H3), listas y tablas
  • evitar contenido sólo renderizado por JavaScript

En lo externo, el acento ya no descansa exclusivamente en el enlace, sino en la mención en contextos fiables: listados, reseñas verificadas, repositorios neutrales y foros moderados, todos en formatos que las máquinas pueden interpretar sin ambigüedad.

Como corolario, el texto propone una economía de acciones muy concreta: asegurar fundamentos técnicos y contenido denso en datos para maximizar la legibilidad algorítmica. Después, forzar estratégicamente las menciones donde los modelos acuden con mayor frecuencia: listados en B2B y listados editoriales y reseñas en B2C.

Importante: asumir que la reputación, esa vieja moneda, se cotiza ya en dos mercados: el humano y el de los generadores de respuestas, los LLM. El resto es una cuestión disciplinaria: producir información verificable, publicarla con estructura y dejar que la cita, inevitable, cierre el círculo.

“Traffic killer” en la mira: piden investigar los AI Overviews de Google por hundir la visibilidad de noticias y vulnerar el DSA

Los medios de comunicación

En el mapa movedizo de la información digital, la queja llega como telegrama urgente desde Italia: se solicita a la autoridad nacional competente abrir una investigación y escalar a la Comisión Europea el examen de un servicio concreto en los motores de búsqueda.

La premisa es nítida: con la introducción de los resúmenes generados por inteligencia artificial (identificados en el producto como “AI Overviews” y, más recientemente, “AI Mode”), el resultado de una consulta coloca respuestas automáticas en la cúspide de la página, mientras las piezas noticiosas descienden, invisibles como un susurro en un cuartel a medianoche.

Vista Google IA de una búsqueda informacional

El núcleo de la reclamación es estrictamente técnico y jurídico, porque se invoca el marco del Reglamento de Servicios Digitales, que rige desde su plena aplicabilidad y otorga a cada Estado miembro un Coordinador de Servicios Digitales responsable de canalizar los expedientes.

La petición, que viene de la Federazione Italiana Edition Giornale, defiende que el comportamiento del servicio de búsquedas configuraría una alteración del equilibrio informativo en detrimento del contenido periodístico, con efectos medibles: pérdida de visibilidad, merma de tráfico de referencia y reducción de ingresos publicitarios asociados.

Google está anteponiendo sus respuestas de IA a las consultas de los usuarios integrándolas directamente en el listado de resultados.

señala la documentación remitida, describiendo un efecto de “traffic killer”. La frase es precisa y espartana, porque sugiere un doble movimiento: competencia directa con el contenido informativo y desplazamiento de la fuente original fuera del campo de visión inmediato.

La cadena de consecuencias se describe con la frialdad de un parte: disminución de la encontrabilidad, riesgo para la sostenibilidad económica y, por acumulación, impacto sobre la diversidad mediática.

La queja no circula en solitario. Comunican la existencia de actuaciones paralelas promovidas en otros Estados miembros mediante coordinación sectorial. El objetivo declarado es común: obtener la apertura de un procedimiento al amparo del Reglamento de Servicios Digitales para evaluar si las prácticas descritas constituyen un riesgo sistémico, exigir medidas de mitigación y, en su caso, ordenar cambios de presentación y transparencia del sistema de respuestas automáticas.

Las palabras son importantes: anteponer respuestas de IA, integrarlas en el propio listado, “sin necesidad de hacer clic en las fuentes originales. La precisión importa, porque cada verbo apunta a un punto del recorrido del usuario y a su huella cuantificable en los sistemas de analítica: una consulta, un bloque de resultados, un clic que ya no se produce.

Un clic que ya no se produce.

En el trasfondo, el marco europeo delimita responsabilidades específicas para los motores de búsqueda. Y entendedme: No discuto (ni creo que la demanda) la innovación tecnológica, sino la obligación de compatibilizarla con la exposición adecuada de contenidos de interés general, la trazabilidad de fuentes y la prevención de fenómenos de desinformación.

Cuando el resumen automático remite de forma difusa a “diversas fuentes” y el usuario obtiene la respuesta sin abandonar la página del buscador, la cuestión regulatoria deja de ser académica y se vuelve contable.

El cierre del documento de reclamación reclama atención pública y regulatoria. Se pide que, al desarrollar nuevas funciones de IA, el buscador/LLM preserve la integridad del ecosistema informativo, con reglas claras de transparencia, separación visual suficiente respecto de los resultados editoriales y garantías de que el descubrimiento no se realice a costa de la visibilidad de aquello que, en origen, permite informar.

La decisión, ahora, corresponde a las instancias llamadas por el reglamento. Veremos en qué queda.

67: El número que desbancó al 33 en internet

A estas alturas, decir que Internet está loco es como afirmar que el agua moja. Pero incluso en este manicomio digital donde una rana puede ser símbolo político y un plátano pegado con cinta adhesiva puede valer miles de dólares, hay cosas que logran superar las expectativas del absurdo. Como, por ejemplo, que el número 67 se convierta en superestrella viral. No por ser cifra mágica, ni por su utilidad en matemáticas, sino porque es… gracioso. O al menos, eso dice el algoritmo.

Artículo publicado en La Región el 4 de noviembre de 2025.


El último fichaje de esta liga memética es el 67. Ha desbancado incluso al número más clásico de la historia de internet, el 69. O el último número histórico, ese 33 con guiño incluído a Fernando Alonso. El 67 se ha convertido en el número más buscado de internet en los últimos meses. Y se debe acompañar con un movimiento de manos, con las palmas hacia arriba, hacia arriba y hacia abajo. ¿Por qué?

Si no tienes ni idea de qué significa, tranquilo, estás en buena compañía. Porque precisamente su gracia está en que no significa nada. O mejor dicho, en que su significado es tan elástico como los pantalones de chándal un domingo: cabe cualquier interpretación, siempre que esté envuelta en una buena dosis de caos irónico. 

El 67 es la contraseña secreta del club de los que entienden el chiste aunque el chiste no exista. 

Es el “yo estoy en la onda” de una generación que se ríe de todo, empezando por sí misma.

¿De dónde salió esta joya del sinsentido? De una canción (cómo no) de moda en una red social (cómo no), que suena a beat pegajoso y letras que no pasan ni un control antidoping de coherencia. Pero da igual. Porque lo importante no es la fuente, sino el efecto: miles de chavales soltando “67” como si fuera un hechizo mágico, una especie de abracadabra digital que no abre puertas, pero sí genera likes, comentarios y búsquedas frenéticas de “¿qué significa 67?” por parte de boomers y curiosos fuera del bucle. Es el argot de la Generación Alfa y la Generación Z.

El fenómeno es tan paradójico que da vértigo: un número que se vuelve popular porque nadie sabe qué significa, pero todos quieren saberlo, y esa búsqueda constante lo vuelve más popular. 

Es el círculo vicioso del meme perfecto. Un ouroboros digital que se muerde la cola entre carcajadas con filtro de perro.

El 69: el pionero

Ahora bien, el 67 no camina solo. Detrás de él, como un veterano de guerra mirando con nostalgia desde la trinchera del humor, está el 69. Ah, el 69… El pionero. El ícono. El abanderado de la adolescencia mental que gobierna buena parte de la Red. 

A diferencia del 67, el 69 sí tiene un “significado”, si es que a estas alturas llamar “posición sexual” a algo puede contarse como tal. Es el chiste más viejo del patio del colegio y, sin embargo, sigue funcionando. Es ver el número y soltar un “nice” automático, como un tic nervioso colectivo que atraviesa generaciones.

¿Y por qué triunfa? Porque sigue cumpliendo su papel de disparar la risa fácil, la complicidad de “yo también lo pillo”, el humor que se codea con lo pueril pero se refugia en el cinismo irónico. Es la risa de quien ya no espera que Internet tenga sentido, pero se divierte más cuando no lo tiene. Y aunque ya no esté tan en la cresta de la ola como antes, el 69 siempre está listo para su comeback, como un meme zombi que se resiste a morir.

¿Qué significa el 67?

El punto clave de todo este carnaval numérico no es qué número es el más buscado en Google, sino por qué nos importa tanto. Por qué hay legiones de usuarios tecleando frenéticamente “qué significa 67” como si descifrar ese código fuera a revelar el sentido de la vida, o al menos, el siguiente paso en la coreografía de TikTok.

La respuesta es sencilla y a la vez profundamente sintomática: porque queremos estar dentro.

Queremos estar en la broma. En el guiño. En el club de los que saben que decir “67” en un comentario es como lanzar una bengala que dice “soy uno de los tuyos”. Porque nadie quiere ser el último en enterarse de que un número se ha convertido en símbolo, aunque sea símbolo de nada.

Vivimos en una era donde lo viral no necesita lógica, solo impulso. Donde lo absurdo se vuelve norma y lo explicable, sospechoso. En ese contexto, números como el 67 no solo se vuelven memes: se convierten en espejos. Reflejan nuestra necesidad de pertenencia, de complicidad, de reírnos de algo (o de nada).

Así que la próxima vez que veas un “67” flotando en un comentario sin venir a cuento, no lo busques en Google. Solo ríete. O finge que lo entiendes. Porque en esta jungla digital, saber reírse de la nada es la única forma de sobrevivir con dignidad.

Google enciende el Modo IA en España

Google modo IA

Google activa su Modo IA en España: una nueva era de búsquedas con respuestas generadas por inteligencia artificial, consultas multimodales y menor visibilidad para webs tradicionales. ¿Cómo afecta esto a usuarios, empresas y medios?

Artículo inicialmente escrito el 9 de octubre 2025 en La Región.


Modo IA de Google ya está disponible en España con un despliegue que alcanza a más de 200 países: respuestas generadas por IA, consultas más largas, seguimiento conversacional y uso multimodal de texto, voz e imágenes. El cambio reordena el acceso a la información y abre un debate sobre el impacto en el tráfico hacia los sitios web.

En la dinámica cambiante de internet, la Búsqueda en Google introduce un giro operativo: el Modo IA se activa en España dentro de una expansión que abarca nuevos idiomas y decenas de países. La compañía lo define como su experiencia “más potente de búsqueda asistida por inteligencia artificial”, diseñada para “entender lo que realmente estás buscando por complejo que sea y darte una respuesta ágil y detallada”.

El mecanismo se materializa como un botón adicional en la página de resultados y en la aplicación móvil: su activación sustituye la lista clásica de enlaces por una respuesta generada por modelos de IA (Gemini) y sitúa las referencias a sitios web en un espacio adyacente.

La novedad trae tres aspectos funcionales.

  1. Primero, la posibilidad de formular preguntas de mayor extensión y matiz. Google sostiene que los primeros usuarios plantean consultas “dos o tres veces” más largas que las tradicionales.
  2. Segundo, la continuidad conversacional: el sistema incorpora un campo para “repreguntar” y encadenar aclaraciones sin abandonar el hilo de búsqueda.
  3. Tercero, la multimodalidad: el usuario puede consultar por texto, voz o imagen, de modo que una fotografía sirve para iniciar o enriquecer la respuesta, coherente con el objetivo de ofrecer “contenidos extraordinarios e hiper relevantes”.

¿Cómo funciona la IA de Google?

Técnicamente, la generación de respuestas se apoya en una “descomposición de consultas” que fragmenta la pregunta en subtemas y ejecuta búsquedas simultáneas, con el fin de profundizar en los “entresijos de la web”.

Eso sí, cuando el sistema estima baja confianza, recupera el esquema tradicional y prioriza resultados orgánicos. La compañía recalca que el Modo IA “hace uso de nuestrossistemas de calidad y clasificación básicos” y que el despliegue se complementa con controles para valorar respuestas y ajustar precisión.

El alcance geográfico y lingüístico es sustantivo: se incorporan decenas de idiomas y territorios, con especial presencia europea. En España, el usuario lo encontrará dentro de la búsqueda y en las apps de Android e iOS pero el despliegue será progresivo y, en muchos usuarios, el botón del Modo IA de google aparecerá en la parte principal, por delante de la búsqueda tradicional.

¿En qué impacta esto a las empresas?

Estudios recientes apuntan a una reducción de clics cuando aparece una vista generada por IA en la parte superior de los resultados: en muestras analizadas, el porcentaje de visitas que terminan en un clic orgánico se contrae frente a escenarios sin resumen automatizado.

No nos dejamos atrás el impacto en el ecosistema informativo de los medios. Menos clics significan menos ingresos, menos capacidad de sostener redacciones, bases de datos o guías técnicas. El usuario cree ganar tiempo pero a medio plazo, puede perder diversidad y calidad de fuentes.

Otros análisis sectoriales, centrados en AI Overviews y en el propio Modo IA, registran caídas de derivación y cambios en el comportamiento (sesiones más largas dentro del entorno de Google, menor retorno inmediato al listado y menor propensión al clic), si bien con variabilidad metodológica y resultados aún preliminares.

¿En qué impacta esto a los usuarios?

La respuesta generada por IA ocupa el centro de la escena y desplaza los enlaces a un apéndice. La promesa es eficiencia. El efecto inmediato es menos incentivos para abandonar la vista principal, por lo que es mejor para Google, ya que puede seguir mostrándote más anuncios hasta que cliques en un anuncio y no en un resultado normal.

Esto erosiona el contraste crítico, ya que las respuestas sintetizadas reducen el viaje por las fuentes. Es decir: el usuario valida menos y asume más. Además, es conocido que la IA. además de inventar cosas, omite cosas. La propia empresa admite que “no siempre acertaremos”, el problema es que el error llega en formato de certeza.

Por no hablar de la concentración de poder informativo ya que una interfaz que decide qué entra en la “vista” (y qué no) incrementa la capacidad de moldear agendas, encuadres y visibilidad. No es sólo un cambio de diseño: es un desplazamiento del poder de edición hacia el proveedor de la búsqueda.

Y, si seguimos, una transparencia y verificabilidad limitadas ya que, aunque se integren “enlaces de utilidad”, la atribución es parcial, tardía y raramente terminará en un clic. No se suele consultar después de la síntesis. Cuando la mayoría de los usuarios no hace clic, la trazabilidad efectiva de la información se diluye.

¿Y la UE qué dice de esto?

Es obvio que google va a tener riesgos regulatorios y de competencia. En la UE, los grandes intermediarios digitales están sujetos a obligaciones reforzadas para garantizar apertura, ausencia de autopreferencia y mitigación de riesgos sistémicos. Un entorno donde la plataforma produce la respuesta y decide qué citar va a exigir vigilancia: el usuario puede recibir una visión estrecha mientras cree estar viendo el conjunto.

No nos dejemos atrás la privacidad y la gobernanza de datos. La interacción multimodal, persistente y conversacional amplía superficies de tratamiento de datos (voz, imágenes, contexto).

Sin controles claros de minimización, retención y finalidad, el usuario entrega más señales de comportamiento de las que percibe.

Desde el plano procedimental, la novedad no elimina la búsqueda básica: la interfaz clásica permanece disponible y el usuario puede alternar entre modalidades. La promesa de valor se

resume en tres frentes: “resuelve tus preguntas más complejas”, “más multimodal que nunca” y “te ayudamos a llegar a lo mejor de la web”. En suma, una experiencia que sintetiza, compara y cita, permitiendo profundizar a partir de enlaces o continuar el diálogo con la propia IA.

Así, el Modo IA no clausura la puerta de entrada a Internet, pero redefine el umbral: orienta primero, delega después y mide siempre. Los próximos datos de uso —tasa de clic, permanencia y diversidad de fuentes visitadas— dirán si el puente entre síntesis y descubrimiento se ensancha o si, por el contrario, el caudal se queda en la orilla.

miDNI: el Gran Hermano ya no te espía desde una cámara… ahora lo hace desde tu bolsillo

Artículo publicado en LaRegión el 11 de abril de 2025 


El Gobierno ha aprobado la app miDNI. Sí, una aplicación para llevar tu identidad en el móvil. Pero antes de que te emociones imaginando tu cartera más ligera, déjame decirte que esto no es el futuro: es el panóptico con notificaciones push.

Hay ideas que suenan bien en la presentación de una reunión de lunes por la mañana y luego están las ideas que nacen del cruce entre Kafka y Black Mirror. La app miDNI está peligrosamente cerca de ser ambas.

Según la nota oficial, esta nueva maravilla tecnológica será “un complemento al DNI físico, no lo sustituye”, y tendrá “la misma validez jurídica y las máximas garantías de seguridad”. Ah, el dulce sonido de las promesas vacías. Si algo nos ha enseñado la historia reciente es que cuando un gobierno dice “máximas garantías de seguridad”, lo que quiere decir es “confiad ciegamente en que no haremos nada raro… de momento”.

1. Un tuit como certificado de autenticidad. Ni Orwell lo soñó tan cutre

¿Sabías que esta app, que manejará el documento de identidad no revocable de millones de ciudadanos, se ha lanzado con un tuit? Sí, como lo oyes. Nada de código reproducible, nada de verificación pública, ni siquiera un mísero whitepaper técnico. Solo un enlace y un “aquí lo tenéis, ciudadanos, no olvidéis darle like”. Esto huele más a consultora de medio pelo que a infraestructura crítica nacional.

Y no, no es open source. O sea: ni transparencia, ni auditable, ni verificable. “Public money, public code”, decían los ingenuos. Aquí es “public money, private tracking”.

2. Del DNI a tu número de teléfono, directo y sin anestesia

La primera pantalla de miDNI ya pide tu número de teléfono. No hay ni un mísero intento de fingir que esto es unlinkable. Y sí, ya sabemos lo que pasa cuando se vincula identidad a móvil: el SIM swap. Robar una identidad será ahora tan fácil como hacerse con una SIM. Un pequeño fallo humano y, zas, otro perfil tuyo en Wallapop vendiendo consolas robadas y con tu DNI.

Mi impresión es que lo del teléfono como identificador único puede ser un agujero de seguridad con cobertura 5G.

3. Trazabilidad: cada vez que uses tu DNI digital, alguien lo sabrá

Literal. Cada vez que escanees el código QR de tu DNI digital, la verificación va contra un servidor… de la Policía (o de alguien si esto queda interceptado en tu teléfono móvil). Y como ya tienen tu número de teléfono, saber desde dónde se ha hecho la verificación es coser y cantar con los datos de las operadoras. ¿La consecuencia? Una trazabilidad absoluta. No parcial, no teórica. Total. Como si cada vez que sacaras tu cartera, un agente anotara la hora, lugar y motivo.

Y si crees que exageramos, recuerda que ya se ha propuesto el uso obligatorio del lector de QR en hoteles, donde ya se recogen 28 datos personales por cabeza. ¿La multa por no hacerlo? Entre 100 y 30.000 euros. ¿Opcional? Sí, opcional, sí…

4. Más allá del eIDAS y del fallido “Pajaporte”: cuando el pasado distópico parece un lujo

El Reglamento europeo eIDAS ya establece criterios estrictos para identidades digitales. Y sin embargo, miDNI va más allá, en el peor sentido. Ni anonimato, ni privacidad por diseño, ni derechos del usuario más allá del “consiente o no accede”.

Lo irónico es que los propios redactores del eIDAS —la SEDIA— ya advirtieron de estos peligros cuando el “pajaporte”. Pero se ve que aquí los documentos los escriben unos y los ignoran otros. Eso sí, lo llaman “interoperabilidad” y se quedan tan anchos.

5. No aprendimos nada de Radar COVID

¿Recordáis la famosa app anti-COVID que supuestamente respetaba la privacidad? No lo hacía, claro. Pero al menos, cuando publicaron su código fuente, los expertos pudieron encontrar los agujeros. En miDNI ni eso. Todo cerrado, todo opaco. Cualquier “servicio lateral”, cualquier módulo de analítica, puede estar haciendo tracking masivo y tú sin enterarte. Porque sin código abierto, lo único verificable es tu ingenuidad.

miDNI no es una app, es una rendición digital

Nos dicen que es voluntaria, pero ya se perfilan usos donde será de facto obligatoria. Nos prometen privacidad, pero diseñan un sistema que rastrea hasta tus movimientos más anodinos. Nos aseguran seguridad, pero atornillan nuestra identidad a un sistema tan frágil como un número de teléfono. ¿Qué después nos compramos un móvil y le decimos que “aceptar todo” siempre? Sí, pero es la decisión. Puedo decidir no llevar teléfono, como pagar casi todo con dinero efectivo. Si esto se impone, ya no podré decidirlo. Será obligatorio.

Esta app no es para ti. Es para ellos (presuntamente). Para saber más, para trazar más, para controlar más (presuntamente). Es el DNI convertido (presuntamente) en sensor de presencia permanente. La diferencia es que no te pone una pegatina en la frente; simplemente vibra en tu bolsillo.

Como ciudadanos, no tenemos que aceptar esto como el nuevo estándar. No deberíamos tocar esta app ni de lejos. Porque no es una herramienta para facilitarnos la vida. En mi opinión es una trampa disfrazada de progreso.